domingo, 1 de marzo de 2015

Proyecto MARS ONE

Diez razones para creer que Mars One era posible, y una para creer que ya no lo es 

Mars One podía hacer lo que asegura que quiere hacer, siendo consciente de que es uno de los escasos satélites del planeta Ciencia que así lo creen. Tanto se cree que, de hecho, hay una novela sobre el proyecto de Mars One antes de que existiera nada llamado Mars One ni su proyecto. Si bien, como es de esperar en una novela, en la mía no todo acaba funcionando según lo esperado; al contrario de lo que suele decirse sobre la necesidad de que la ficción tenga un sentido del que la realidad carece, la escuela es más bien la de la ficción como exploración de las posibilidades que la realidad suele dejar pasar de largo.

Me he ocupado de condensar las razones para creer que la empresa es viable:
  1. Recreación artística del proyecto Mars One. Imagen de mars-one.com.
    Recreación artística del proyecto Mars One. Imagen de mars-one.com.
    La colonización de Marte no presenta ningún problema teórico irresoluble (como sí existe, por ejemplo, para los viajes interestelares), sino solo retos tecnológicos. En cuanto a estos, no se requiere ningún avance científico revolucionario y genial, sino solo tecnología incremental.
  2. De hecho, de toda la tecnología necesaria para hacer realidad el proyecto, es más la que ya existe que la que aún falta por desarrollar. Es más: si se hubiera mantenido el nivel de inversión de los tiempos de la carrera espacial, toda la tecnología requerida ya estaría disponible.
  3. Los mayores retos tecnológicos que aún deben superarse conciernen a la biología de los colonizadores, y se resumen en una palabra: homeostasis. O en tres: respirar, comer y beber. Es imposible transportar alimentos y agua para dos años, pero Marte posee todos los elementos imprescindibles para la vida en cantidades suficientes, aunque en formas no inmediatamente aprovechables para nosotros. En Marte hay agua (y, por tanto, oxígeno e hidrógeno), carbono, nitrógeno, fósforo, azufre, cloro, calcio, magnesio, sodio, potasio, e incluso la mayoría de los oligoelementos biológicos como manganeso, hierro, níquel, cromo, cinc, cobre, bromo, molibdeno… Ahora que ya tenemos constancia de casi 2.000 planetas, Marte es, después de la Tierra, casi lo más parecido a un planeta habitable que podríamos soñar.
  4. Son pocos los nutrientes esenciales que deberían llevarse desde casa, y no supondrían un aumento gravoso de la carga útil. Esto permitiría concentrar el peso en los suministros precisos que no pueden derivarse in situ, como los medicamentos y los elementos iniciadores para crear un ecosistema autosostenible.
  5. Los desafíos tecnológicos adicionales, como la protección contra la radiación, la generación de energía, la transformación química de los elementos en compuestos aprovechables, o la creación de un ecosistema cerrado autosuficiente, son una vez más cuestión de desarrollo tecnológico. El uso y la explotación de los recursos marcianos para el sostenimiento de una colonia viable fue ampliamente estudiado y documentado por el ingeniero aeroespacial Robert Zubrin en su libro Alegato a Marte (The case for Mars). Y todo esto solo depende de…
  6. Dinero. La obtención de la tecnología necesaria es cuestión de dinero, y este es un recurso muy abundante en el planeta Tierra. Solo es necesario lograr que cambie de manos.
  7. Para conseguir esto último, la idea del reality show es idónea, y nadie mejor para ello que la holandesa Endemol, creadora del atroz pero astronómicamente rentableGran Hermano. Como ya conté aquí, un artículo publicado en 2010 en la revista World Policy Journal revelaba que entre 2006 y 2008 el formato Gran Hermano generó en todo el mundo unos ingresos de 12.300 millones de dólares, una cifra que triplica el presupuesto de la NASA para exploración espacial en 2014. Mars One anuncia un presupuesto de 6.000 millones de dólares para enviar a los cuatro primeros colonos. Aunque sea el doble, o el triple.
  8. Quienes aseguran que el proyecto es inviable, lo que incluye a la comunidad científica en general y la mayoría de sus adláteres, inevitablemente evalúan el proyecto de Mars One tomando como regla de medida los de las agencias espaciales. Sin embargo, el concepto es radicalmente diferente; ya insinué algo de ello en un post anterior, pero el modelo para lograr algo como lo que propone Mars One debe ser completamente nuevo de principio a fin (más detalles en mi libro). Compararlo con la visión de la NASA es como analizar la viabilidad del transporte aéreo low cost tomando como patrón el sector de los jets de lujo. ¿Alguien habría creído a principios de los 90 del siglo pasado que hoy se podría comprar un billete de avión a Londres por seis euros?
  9. Supongamos que surgen problemas, lo cual es muy concebible. Si yo fuera Bas Lansdorp, el responsable de todo esto, me haría el siguiente cálculo: si los primeros colonos llegan a despegar sin que lo paralice una orden judicial (algo que podría suceder), una vez que hayan abandonado la atmósfera terrestre se acaban las jurisdicciones legales e incluso morales. Entonces Mars One deja de ser un proyecto de una organización privada para convertirse en una responsabilidad (o llámese marrón, si se quiere) que concierne a todas las potencias espaciales. Si la colonia resulta insostenible, nadie va a responder con un “así se pudran”. El de Lansdorp no es un salto sin red, aunque la red no la pagaría él, y quienes la pagarían aún no lo saben.
  10. Y al final, mi error al haberlo creído posible siempre sería menos memorable y comprometedor que el de quienes aseguraban que nunca podría hacerse. Un poco cínico, lo sé. Pero así ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia. Estaría tan dispuesto a comerme mis palabras físicamente y públicamente como a recordar que fui (casi) el único que creyó en ello.
La cuestión es que siempre lo he creído posible… hasta ahora.
Bas Lansdorp, cofundador y CEO de Mars One. Imagen de Joe Arrigo / Wikipedia / CC.
Bas Lansdorp, cofundador y CEO de Mars One. Imagen de Joe Arrigo / Wikipedia / CC.
Esta semana, la web del periódico británicoDaily Mail informaba de que Mars One y Endemol han roto relaciones, al parecer debido a la imposibilidad de llegar a un acuerdo en los detalles del contrato. El diario conservador, que se ha destacado por su oposición al proyecto, aportaba fuentes de ambas partes, incluyendo al propio Lansdorp; aunque, hasta donde sé, ninguna de las dos compañías lo ha ratificado por otras vías. En su día, Mars One sí informó en su web del acuerdo con Endemol.
Si se confirma la noticia y el reality ya no es una realidad, tampoco creo que llegue a serlo el proyecto. Siempre según el Mail, Lansdorp señaló que la idea de que la mayor parte de la financiación de Mars One procedería del reality era un “gran malentendido”, y que el principal caudal de fondos será la inversión privada de capital riesgo. Curiosamente, de haber un malentendido, fue el propio responsable del proyecto quien lo ocasionó; en una conferencia de prensa celebrada hace dos años en Nueva York, Lansdorp hablaba de los ingresos televisivos en términos épicos y estratosféricos. Y no imagino qué socios privados estarían dispuestos a cubrir una inversión de extremo riesgo superior a los 6.000 millones de dólares.
El reality era, y es, clave. No se trata simplemente de un programa televisivo, sino de aprovechar el inmenso poder de la televisión e internet como plataformas de marketing alrededor de una experiencia humana jamás vista en la historia del planeta.La oportunidad es inigualable, y el potencial es casi infinito. No creo que actualmente nadie en España pueda dudar de que el uso inteligente de los medios audiovisuales es capaz incluso de llegar a romper un equilibrio político que ha permanecido inmutable durante décadas. Todos somos sus esclavos, sus presas o sus víctimas. Todos nos dejamos manipular, y a cambio acrecentamos su supremacía como máquina de hacer dinero. A quien discrepe de esta visión, o la califique de nihilista, le invito a recordar que ayer el asunto global que más interesó a la humanidad entera fue la apasionada discusión sobre si un vestido era blanco o azul. Es esa humanidad.
Tal vez alguien objete que el público es refractario a la imposición de intereses, y que casos como el del vestido surgen de forma espontánea. La cuestión es que dentro de una semana nadie se acordará del vestido, pero en cambio todo el mundo continuará bebiendo Coca-Cola, un refresco que nadie rechaza a pesar de ser comercializado por una compañía que guarda suficientes esqueletos en el armario como para igualar en reputación a Monsanto, la multinacional de cultivos transgénicos que probablemente representa el epítome de empresa aborrecida por muchos. Todo es cuestión de comunicación. En mi novela, la primera fotografía que confirma la presencia indiscutible de restos fósiles en Marte lleva el patrocinio de Coca-Cola, mostrado a través de un logotipo en la carrocería del robot que realiza el hallazgo. ¿Cuántas empresas rechazarían semejante publicidad? Pero ¿cuántas podrían pagarla?
Otra objeción podría ser que Mars One concita serios rechazos, tantos o más que adhesiones. Las actitudes frente al proyecto pueden agruparse en cuatro tendencias: los entusiastas, los detractores, los indiferentes y los que aún no lo conocen. Este último grupo va reduciéndose con cada nuevo paso de la iniciativa y su difusión pública. ¿Quién no ha oído hablar ya de los dos españoles que viajarán a Marte? En mi novela, el personaje que equivale a Lansdorp, Sam Waitiki, escogía astutamente a sus candidatos para asegurarse de cubrir todo el espectro global de culturas, etnias y civilizaciones, y seleccionaba su simbología e imagen de marca para representar la universalidad. En el caso real, los medios generalistas de todo el mundo han pregonado, perfilado y entrevistado a suscandidatos locales, generalmente con una visión (tal vez demasiado) acrítica sobre el proyecto.
A medida que aumenta el conocimiento público sobre Mars One, el cuarto grupo va menguando al tiempo que crecen los tres primeros. Y de estos, solo los indiferentes dejarán de contribuir a la campaña publicitaria de Mars One. En mi novela, Sam Waitiki procura ocuparse de que los indiferentes sean una minoría; prefiere el odio, porque el odio es rentable, y a los detractores los anzola con más argumentos para manifestarse pública y enérgicamente en contra del proyecto. Todos aquellos que critican su inviabilidad, o que vituperan la frivolidad que supone el gigantesco gasto en una quimera espacial muy alejada de los problemas de la Tierra, generan tráfico de internet, visitas a páginas web y, nuevamente, más publicidad; más dinero.
Al parecer, Lansdorp declaró al Mail Online que en lugar del reality se producirá un documental. Me sorprendería que este fuera el final de la historia. Porque de ser así, no me sorprendería que este fuera el final de toda la historia.

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